Nunca más

      Mi nombre es Samanta, vivo en Ámsterdam y soy judía. Tenía una bella y hermosa familia compuesta por mi papá, mamá, un hermano menor y hermana mayor. Mi padre trabajaba cultivando el campo en donde vivíamos, mi madre se encargaba de los quehaceres de la casa y de nosotros.
Recuerdo que iba a la escuela junto con mi hermana a unos kilómetros de nuestro campo; en la escuela ya había guetos, judíos y cristianos.
Tenía 12 años cuando los nazis invadieron mi país, estaba en la cocina con mi madre y mi hermana, el pequeño de tan solo 3 años dormía en la habitación cuando escuchamos fuertes estruendos de bombas, nos estaban bombardeando, era tan aturdidor sentir esos ruidos. Teníamos mucho miedo más allá de que mi padre y mi madre nos tranquilizaban con palabras y abrazos, el menor de mis hermanos lloraba mucho.. Vi como casas, tiendas y almacenes ya solo eran ruinas, todo se redujo a escombros.
Con mi familia logramos escondernos en un sótano viejo y oscuro, cubierto de humedad y lleno de ratones a los cuales debíamos matar para que no nos atacaran, sobrevivimos allí unos días, sin agua y tampoco comida. Hasta que un día los nazis nos encontraron en ese escondite, fue aterrador, se llevaron a mi padre y a mi hermano; a mamá, mi hermana y a mí nos llevaron por otro lado un grupo de soldados que nos metieron dentro de camiones a la fuerza, dejando heridas sobre nuestros brazos. Allí estaba lleno de mujeres y niñas que iban como yo, con la mirada perdida. Llegamos a una estación: Rotterdam, donde salían trenes a distintos campos de concentración, donde pude ver como golpeaban a una señora de unos 70 años por negarse a dejar a su hija, o como le dispararon a una mujer por no querer dejar atrás a su hijo pequeño. Intentaba entender porque nos tocaba sufrir tanto pero no encontraba respuesta alguna.
En ese mismo lugar, antes de subir al tren fui testigo de ver como se llevaban a mi hermana para no volver a verla, vi a mi madre con los ojos llenos de lágrimas y con una mirada triste mezclada con odio hacia los uniformados, los cuales nos obligaron a subir al tren y como si fuésemos animales íbamos unos arriba de los otros, apretados casi sin poder respirar. Teníamos hambre, sed y muchísimo frío.
Una vez que el tren llego al destino: Auschwitz- Birkenau, fue un alivio bajar de ese lugar, pero nos llevaron a mi madre y a mí a coser uniformes y hacer botas para los soldados, nos raparon y tatuaron números extraños en los brazos. También nos mandaban a quemar mujeres que ya no tenían fuerzas para seguir viviendo, se les notaban sus huesos por estar tan delgadas a falta de comida.
Recuerdo ese lugar y es tan doloroso, ver morir a muchas personas, como las maltrataban, como las obligaban a realizar trabajos forzosos. Apenas nos alimentaban, pasábamos fríos, nos despertaban a los gritos y latigazos para continuar el trabajo.
Después de dos años me separaron de mi madre, solo tenía 14 años cuando no volví a saber más nada de ella, pregunte a una mujer que la solían llamar el ángel de la muerte y ella me golpeo y pateo tan fuerte que me lastimo por completo, intentaba reincorporarme cuando me dijo que mi madre había sido sometida a las cámaras de gas porque ya no realizaba bien su trabajo, termine de levantarme como pude y con mi ropa limpie mis heridas. Muchas veces estuve frente a filas de cámaras de gas donde morían miles de judíos, veía como alimentaban a los perros delante nuestro mientras moríamos de hambre, observe a mujeres obligadas a quitarse la ropa y pararse bajo la nieve y morían de frio. Las temperaturas eran realmente muy bajas.
Las embarazadas eran apartadas para realizar experimentos. Había niños que no podían casi caminar, sus ojos hundidos, se caían desplomados en el suelo. Yo siempre me preguntaba ¿Qué hicimos para merecer esto?. Varias veces preferí la muerte pero aún me quedaba una pizca de esperanza de un día despertar y que ya todo hubiese terminado.
Como casi todos los días nos despertaron a los gritos y todas nos pusimos de pie, nos llamaban por nuestros números tatuados, subíamos a camiones del ejército y fuimos llevadas a la estación de tren para dirigirnos a unos 50 kilómetros de Berlín, allí estaba yo; en el campo de concentración más grande del nazismo, una escuela de maldad de mujeres nazis.
En ese lugar soporte de todo, seguía la mala alimentación, escazas horas de descanso, también torturas físicas y psicológicas. Vi como se suicidaban porque ya no soportaban el sufrimiento, muchas veían a sus hijos nacer para luego ser arrancados de sus brazos y ver cómo eran asesinados a sangre fría.
Fui sometida a abusos sexuales y golpeada hasta que un 30 de abril de 1945  desperté con ese sueño de esperanza con el cual soñé desde aquel dia en que la felicidad parecía llegar a su fin, cuando los nazis tomaron mi país.
Vi al ejército rojo entrar en Ravensbruck y liberarnos a todos. Creo que como yo nadie olvida esos años de dolor, sufrimiento, angustia y temor…Hasta hoy me pregunto porque, que mal causamos para llevar este recuerdo por el resto de nuestras vidas.
Solo se que hoy a mis 82 años hable no solo por mí, sino por muchas mujeres, jovencitas y niños que callaron su verdad, que no pudieron contarla porque su voz fue apagada. Hoy con esta verdad hago libre a todas las mujeres que fueron abusadas y apartadas de sus seres queridos por una guerra injusta que llevo a la muerte a más de 6.000.000 de judíos.

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